Historiadores del futuro
Todos los pueblos de la Tierra han tenido interés por conocer el futuro; para ello, han confeccionado oráculos como el I Ching chino y el Ifa yoruba, profecías como las de la Biblia, y sistemas de pronóstico como la astrología caldea y el calendario de los antiguos mexicanos.
Las profecías mayas son uno de los productos más originales de Anáhuac. Dieron origen a una literatura y reportaron un momento único de la historia, cuando se encontraron las civilizaciones del Viejo y el Nuevo Mundo. Su análisis no es sencillo, pues reflejan las sutilezas del pensamiento prehispánico y las contradicciones de la sociedad colonial. En este ensayo las analizaremos desde los puntos de vista histórico, literario, calendárico, teológico y social.
Los antiguos mexicanos se caracterizaron por crear un calendario de gran complejidad y exactitud. Llamarle “calendario” es limitado, pues no sólo servía para medir el paso del tiempo, también medía el curso de los astros y organizaba el espacio, la sociedad y las creencias religiosas. Además, tenía una dimensión esotérica que se manifestó a través de un arte profética y de una peculiar “astrología”.
Aunque su nombre propio es Tonalismo, se suele llamar “astrología mesoamericana” a un sistema de influencias místicas que modelaban la vida del ser humano desde su nacimiento. A diferencia de la astrología caldea, basada en la influencia de los astros, la anahuaca se basaba en los veinte signos del calendario. Cada signo tenía trece grados de desarrollo, formando un abanico de 260 días. Cada día tenía su deidad regente y una familia simbólica; por ejemplo, el primero, llamado Dragón, se relacionaba con el rumbo del este, el elemento fuego, el color rojo y el horario del amanecer.
Consultante de los pronósticos calendáricos, vaso maya.
Así como el tonalismo influía sobre el individuo a través de su signo natal, la profética influía sobre la entera sociedad, al extrapolar los significados de los signos a períodos largos de tiempo.
Nuestra cultura concibe al profeta como un iluminado en contacto con un Ser Supremo, y a la profecía como una revelación divina. Para entender las profecías del México antiguo hay que salir de esa óptica. Ciertamente, el profeta maya también pretendía autoridad divina, como afirma el Chilam Balam:
“Esta es la memoria de cómo vino el Divino Uno… a comunicar su palabra a los sacerdotes y profetas.”
(Profetas 1.1)
Pero, la concepción anahuaca de lo divino era diferente de la bíblica. Para el profeta maya, los dioses no eran seres todopoderosos, capaces de modificar el futuro a capricho, sino fuerzas naturales; por eso, como cualquier otro fenómeno natural, estaban sometidos a los ciclos del calendario:
“Todo camina y pasa... Porque tiene su fin el observar la trama de las estrellas, desde donde nos miran los dioses - los dioses que están aprisionados en los ciclos de las estrellas.”
(Manuscrito de Chumayel)
En otras palabras: el calendario tenía una autoridad superior a la de los dioses. Lo que autentificaba las profecías no era su origen divino, sino el modelo cosmogónico que había detrás, capaz de codificar ese conjunto de relaciones de causa y efecto al que llamamos “historia”. La función principal del profeta maya consistía en escrutar la historia para encontrar pautas que le permitieran predecir sucesos. Más que profeta, era un historiador del futuro.
La profética anahuaca deriva de una propiedad de aquel calendario: sus fechas eran cíclicas. Por ejemplo, el año 1 Ajau del katún 13 Ajau se repetía cada 312 años. En consecuencia, la fecha tenía dos tipos de lectura: histórica, si caía en el pasado, y profética, si caía en el futuro. Para la mentalidad anahuaca, eso significaba que la historia regresa:
“Así como pasó, pasará y se cumplirá… Lo que ocurrió en este katún volverá a ocurrir.”
(Kukeb 11.14,15)
“Tal como fue, así será. En algún sitio, en algún momento, quienes ahora viven, de nuevo vivirán.”
(Códice Florentino)
Todos los sistemas proféticos de la Tierra (sobre todo, un sistema basado en la recurrencia de las fechas) se componen de un hecho del pasado llamado tipo, y un cumplimiento futuro llamado antitipo. Ambos reflejan un arquetipo o diseño cosmológico que, en el caso de Anáhuac, quedó recogido en el calendario.
Estos tres conceptos recibían en maya los nombres de P’isante, la medida del tiempo (el arquetipo), Kuch, la carga (el tipo), y P’ikul, la sobrecarga (el antitipo). Encontramos un ejemplo de su articulación en el siguiente verso, donde el arquetipo es el pronóstico de guerras asociado al Katún 8 Ajau, el tipo es la caída de la ciudad de Mayapán a fines del siglo 14, y, el antitipo, la profecía de un futuro desastre:
“Esto es lo que pronostica el katún 8 Ajau, en el que fue derrotada Mayapán. Mala es la palabra de este katún. Por siempre se cumplirá su palabra, cada vez que regrese.”
(Kauá 10.13)
Sin embargo, aquella visión no era fatalista, pues, el azar y la voluntad humana, podían modificar el futuro. De modo que, otra diferencia con las profecías bíblicas, es que las mayas no describían hechos, sino probabilidades, como honestamente reconoce el Chilam:
“Puede que ocurra y puede que no. Esto es lo que dice la profecía para ti.” (Kukeb 14.5)
“Así lo expresó el gran sacerdote Chilam Balam. Puede que ocurra y puede que no, pero las hijas y los hijos del Itzá recibirán su palabra.”
(Kukeb 13.7)
Aunque probabilísticos, los vaticinios del calendario podían alterar profundamente los acontecimientos. Veamos como ejemplo el caso de Tayasal (Taj Itsa, gran Itzá), el último estado maya, ubicado en las márgenes del lago Petén. En 1618, las autoridades coloniales enviaron una embajada a su gobernante Kanek, exhortándolo a cristianizarse, pero este les pidió que regresaran en otro momento, argumentando que:
“…Aún no había llegado el tiempo en que sus antiguos sacerdotes les tenían profetizado que habrían de dejar la adoración de sus dioses.”
(Villagutierre, Historia de la conquista de la provincia del Itzá)
Finalmente, en 1697, los mayas consintieron en entregar pacíficamente la ciudad, siguiendo el argumento profético del padre Avendaño:
“Yo soy quien vino a cumplir vuestras profecías, según las cuales, (en estas fechas) habríais de convertiros en cristianos.”
(Relación de la conversión de los gentiles Ytzáex)
Otras ocasiones en las que el modelo profético-calendárico condicionó los hechos históricos, fueron el abandono de ciudades mayas, coincidente con ciertos ciclos, la reacción de los anahuacas ante la invasión española, y el extraño itinerario que siguieron durante la Colonia los alzamientos indígenas conocidos como “guerras de casta”.
La influencia de la cronología y la profecía en la historia de Mesoamérica, desde los tiempos olmecas hasta la actualidad, no se ha estudiado como merece, teniendo en cuenta que es un factor básico para entender aquella sociedad.
Principales variantes del calendario mesoamericano.